Tu llegada al mundo fue así

Supongo que da igual en cuántos sitios lo leas o a cuánta gente se lo escuches decir, no puedes decidir cómo será tú parto. Puedes prepararte todo lo que quieras, hacer todo el ejercicio que te esté permitido y realizar todas las técnicas que quieras para intentar que ese momento y lo que viene después sea lo más fácil posible. Pero al final la naturaleza seguirá su camino y tú solo podrás acompañarla.

Yo llevaba desde mediados de la semana 38 de mi embarazo expulsando el tapón mucoso. En la semana 39 mas tres, el sangrado empezó a ser de un color más rojo y abundante y decidimos que no estaba de más acercarnos al hospital a que me echasen un vistazo. Cuando llegamos nos dijeron que estaba ya de tres centímetros y que estaba de parto. ¿What? La verdad es que el subidón fue importante, estaba de tres centímetros y no había tenido ni el más leve dolor. Yo, que siempre había dicho que iba a entrar por la puerta del hospital con un cartel pegado en la frente que pusiera ‘Quiero la epidural y la quiero ya’, al final iba a resultar que no la iba a necesitar.

Total, que me ingresaron y allí estábamos, mi chico y yo, en la sala de dilatación aprovechando el rato para ver el primer capitulo de la nueva temporada de Juego de tronos en el portátil y escuchando música.

El tiempo iba pasando y yo seguía sin tener contracciones, pero el problema era que ni tenía contracciones ni dilataba más. La cosa se estaba estancando. Empecé a dar paseos sin rumbo y a botar sobre la pelota de pilates, pero nada, ni tenía contracciones, ni el niño estaba encajado y no había nada que yo pudiese hacer.

Pasadas cinco horas desde mi ingreso, mi matrona empezó a sugerirme que igual me venía bien que me pusieran oxitocina. Mi primera reacción fue negarme, ¿por qué  iban a ponerme oxitocina? yo estaba bien y el bebé también, ¿que necesidad había de acelerar el proceso?

Unas tres horas después sin apenas ningún cambio, mi seguridad en que dejar que las cosas siguieran su camino natural era lo mejor, empezaba a tambalearse. La matrona volvió a sugerirnos la administración de oxitocina y nos comentó que otra opción podía ser romper la bolsa y de esta forma forzar que las contracciones se produjesen de forma natural, pero que no nos lo recomendaba ya que en las exploraciones que me estaban haciendo habían detectado una cantidad de liquido amniótico fuera de lo normal y que podría resultar peligroso.

Esto empezaba a ser surrealista, y mentalmente agotador. Había ingresado con la ilusión de que en unas horas tendría a mi bebé en brazos y realmente no estaba pasando nada que hiciese pensar que ese momento se estuviese acercando. Habían pasado nueve horas ya desde mi ingreso y finalmente decidí dejar que me pusieran la oxitocina, quería que lo que tuviese que pasar pasase ya y si la forma más segura de hacerlo era esa pues adelante. Ingenua de mí… Dos horas más estuve recibiendo oxitocina, subiéndome la dosis cada 20 minutos y nada, era desesperante…

Finalmente entre la ginecóloga, la matrona y nosotros decidimos que había que hacer algo más, decidimos que me rompieran la bolsa para precipitar el parto. Así que se pusieron a ello. Con mucho cuidado rompieron la bolsa mientras sujetaban la cabeza del enano para que no hiciera tapón y de ahí empezó a salir liquido, y más líquido y más liquido, y cuando la palangana que me habían puesto rebosó seguía saliendo liquido. Todos estábamos pendientes de cuanto líquido era posible que albergase mi barriga pero de pronto a la ginecóloga le cambió el gesto. Estaba pasando lo que todos temían que pasase. El cordón umbilical se había colado por debajo de la cabeza de Guille y eso significaba que si la doctora soltaba al bebé, este presionaría el cordón impidiendo su propio suministro de oxigeno.

El resto fue cuestión de unos cinco minutos como máximo. ¡Nos vamos al quirofano! ¡Sondad a esta niña! ¿Que no tiene epidural? ¡Rápido! ¡Rápido! ¡Rápido!

Fueron los minutos más estresantes de mi vida, yo solo veía a gente correr a mi alrededor, a la mayoría ni siquiera les había visto en las más de once horas que llevaba ya en el hospital. En ese momento mi mente se centro en la persona que tenía delante, era la ginecóloga que me había roto la bolsa y que seguía sujetando la cabeza de mi bebé para que no cayese. Ella me miraba a los ojos en todo momento y me decía, tu bebé esta bien, lo estoy sujetando y está bien, tu bebé está bien, lo estoy sujetando y esta bien. Cuando llegamos al quirófano, el nivel de actividad que había a mi alrededor era tal, que llegue a temer que me practicasen la cesárea sin anestesia ni nada, así a pelo. Lógicamente no fue así y enseguida me durmieron.

Cuando a duras penas conseguí abrir los ojos, pude intuir encima de mí a mi bebé. La matrona había conseguido que me dejasen verlo antes de llevarme a reanimación para que se me quitase el susto del cuerpo. Me pareció el ser más bonito que había visto en mi vida. Era tan gordito (cuatro kilos doscientos de bebé, casi nada) y tan suave. De fondo escuchaba a mi chico que me hablaba, pero la verdad es que no le presté atención (amor, sin rencores), todas mis fuerzas estaban centradas en conseguir apreciar cada detalle de mi enano. Todo había ido bien, ya estaba aquí.

Y así fue como llegó al mundo nuestro bebé. A veces pienso en qué habría pasado si esa mañana no hubiésemos decidido ir al hospital y hubiésemos esperado. ¿Habría sido mejor o peor?, ¿Me habría evitado una cesárea o el susto podría haber sido más grande? La verdad, no lo se, y no importa, porque Guille está aquí y está perfecto. No podría haber sido mejor.

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